La ilusión de envolver regalos y encomiendas
Hoy es domingo 20 de diciembre estoy en Lima, ya de retorno a Huaraz luego de un chequeo médico al que con paciencia y buen humor suelo realizarme periódicamente, y esta vez me tocó precisamente a puertas de navidad.
La empresa en el que viajo está abarrotada de gente, como nunca. Inmensa cola en la sección de encomiendas y equipajes. Diversas marcas de panetones y juguetes desfilan mientras espero la salida del bus. A la entrada un aviso nos dice que se embalan paquetes (supongo que ese día le fue muy bien al par de ingeniosos jóvenes que hicieron más fácil la preocupación del embalaje con ese servicio al paso). Dos jóvenes atraen mi atención y causan ternura, llegan apresurados con una bolsa que fácilmente se evidencia que es panetón y otros insumos para la noche buena; se disponen a embalar disfrutando hacerlo y supongo que con la alegría y emoción de que el destinatario disfrutará al abrir e ir descubriendo el contenido de la encomienda.
Cuánta emoción reflejan en sus rostros. Emoción que en algún momento viví de pequeña cuando mi hermana mayor, aún estudiante universitaria, enviaba la encomienda esperada en las festividades navidades que pasábamos en mi Chingas querido o igual cuando no era posible pasar con papá y mamá, reunidas todas las hermanas envolvíamos con afán y cariño el contenido de la encomienda.
Sin embargo, a pesar de las alegrías y emociones a puertas de navidad es imposible reparar en los niños que no disfrutarán de esta navidad. De muchas familias que no recibirán la encomienda soñada porque simplemente no hay dinero para hacerlo o porque la ingratitud los ha envuelto a los suyos con su indiferencia.
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